te amo,
con locura
y te amo con ternura,
y te amo con hermosura
y te amo con altura
y te amo con caricatura
y te amo con premura
y te amo con dura
y te amo con ligadura
y te amo con soltura,
te amo con mesura
y te amo con pintura
y te amo con madura
y te amo con finura,
te amo con gordura y
te amo con factura
y te amo con montura,
te amo con cintura
y te amo con fisura
y te amo con bravura
y te amo con fractura.
Te amo, confitura.
Medias y Sombreros

sábado 16/5 - 19:00 hs.
centro de exposiciones del teatro verdi
almirante brown 736
centro de exposiciones del teatro verdi
almirante brown 736
-¿Hay que pagar entrada?
-5 pé.
-5 pe- qué?
- 5 penes.
- ¿Y si consigo 5 penes puedo entrar con los 5 chavones?
- 5 pé por persona. Entrás vos sola, los chavones tienen que quedarse afuera, a menos que tengan 5 pé cada uno.
- ¿Pero si tengo que llevar los penes como voy a entrar sola?
- Podés entrár con los 5 pé, pero los chavones se tienen que quedar afuera.
- Ok. Nos vemos ahí.
-5 pé.
-5 pe- qué?
- 5 penes.
- ¿Y si consigo 5 penes puedo entrar con los 5 chavones?
- 5 pé por persona. Entrás vos sola, los chavones tienen que quedarse afuera, a menos que tengan 5 pé cada uno.
- ¿Pero si tengo que llevar los penes como voy a entrar sola?
- Podés entrár con los 5 pé, pero los chavones se tienen que quedar afuera.
- Ok. Nos vemos ahí.
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Cocó Yanel
Notas mentales de una mujer que no es
Dice que ahora está bien y no escribe. Que no necesita escribir, que ahora está bien. Pero si le veo los ojos mal cerrados cuando duerme y se olvida de poner música cuando se tira en la cama a no hacer nada o a estar tirado. Era mi amigo, hace algunos meses. Yo soy su amiga desde hace dos días. Qué mierda tendrá en la cabeza que no se da cuenta de que le estoy prestando la atención que llamaba a gritos esa noche que llovía y yo me dejé mojar por dentro y por fuera como sin querer. No me logro explicar por qué no se da cuenta de que estoy escuchando que susurra que está bien y que no escribe como si lo dijera en voz alta, porque ya no me habla en voz alta y se acostumbró a que yo escuche. Dos días, nada más, y siento que hace siglos que no salgo de esta habitación, donde se duerme con los ojos mal cerrados y susurra boludeces entre sueños y yo no quiero cerrar la puerta. A veces voy a buscar agua a la heladera y miro el yogur activia y pienso en preguntarle qué hace eso ahí, pero cuando llego a la habitación y me ve con los ojos mal abiertos, me olvido y no le pregunto. Hay que oler siempre que se pueda, olerlo con cuidado, cuando está distraído, y acercar la nariz mucho más abajo del cuello cuando me abraza y a las nalgas si se duerme boca abajo. Aprenderse de memoria ese olor, hay que dejarse penetrar. Penetrar por todos los poros, por los oídos y que el olor entre, que se me meta en cada agujero, como hacen las ratas. Si pregunta qué hago me parece por un momento que se acaba hasta que le digo te huelo y sonríe como tonto, pero no pregunta nada porque aunque sus ojos estén mal cerrados y aunque conteste boludeces está dormido. Me pregunté si se despertará y si le diré que estoy enamorada y que ahora soy su amiga pero él no. Me lo pregunté en voz alta y contestó que está bien ahora y que por eso no escribe. No quiero cerrar la puerta pero la cierro porque entra luz y me brillan las lágrimas, y las lágrimas no tienen que brillar. Mi respiración le hace cosquillas porque lo huelo y trato de que las lágrimas se queden en mis mejillas pero una le cae en la espalda y sé que ahora sí se terminó. Se despierta y dice qué hacés y digo te huelo y sonríe como tonto. Me dice que está enamorado, que soy su amiga y que me puede decir que está enamorado, el corazón me late rápido y la lágrima se secó con la sábana cuando se dio vuelta para decirme. El corazón me late rápido y él me toca la mano y sé que no respira agitado, que su pulso es lento y que no es de mí. Que me está contando que está enamorado y que como está bien no escribe y le digo que está bien. Son esos momentos en que una se siente y se sabe pelotuda, le dan ganas de ser otra para reírse con ganas de haber pensado que era de mí, como si no hubiera sabido siempre de quién se iba a enamorar, como si por dos días los últimos meses se fueran a borrar de la memoria de un hombre con ese olor. Son las cuatro y esos dos días se terminaron, el pasillo de media cuadra que me separaba de la calle tranquila donde vive él ya lo crucé corriendo al recibir una llamada urgente e imaginaria, urgentemente imaginada mientras él se cepillaba los dientes. Pero me la creo y corro y tomo un taxi y voy con urgencia a la sala de urgencias donde no está mi medio-hermana internada, porque aunque sé que no tengo medio-hermana, y mi medio-hermana imaginaria tiene una enfermedad imaginada por mí, pregunto por ella y me dicen que no, que no está en la lista, que si fue del corazón puede estar en el tercer piso, pero que pregunte en recepción. No pregunto. Terapia intensiva, tercer piso, hospital de Clínicas, subí corriendo por la escalera, ese ascensor me aterra, el corazón sigue latiéndome fuerte y me despierto con algunos cables en las piernas y en los brazos. Nadie entiende nada, y los escucho hablar a mi alrededor pero no abro los ojos. Valieron la pena dos días y ellos no van a saber, me muero con esos cables, y van a seguir sin saberlo porque nadie lo va a escribir, ahora está bien.
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breve historia de un amor breve
Yo no sabía, nunca supe, que todos los movimientos de ella eran calculados. Yo me daba cuenta y fingía no darme cuenta de que me rozaba el tobillo cuando por un encuentro increíblemente fortuito se sentaba al lado mío en el colectivo. Tenía los ojos de un gris ceniza que casi siempre le veía nublados por el humo. Fumaba todo el tiempo. Fumaba hasta el momento de cruzar la puerta y prefería no comer para tener más tiempo para fumar. Yo tengo los ojos marrones, como el tabaco, marrones como el barro y como la mierda.
Pero de verdad que no sabía. La creía totalmente inocente, distraída vaya a saber en qué. Se reía con esa carita de yo no fui y a veces, cuando yo creía que ella creía que no la veía, se acomodaba las medias dejando entrever más arriba de sus inexplicables polleras de invierno. Y no me daba cuenta de lo que ella hacía. Esa manía de tocarme injustificada si nos cruzábamos por azar, de empujarme sin querer en el ascensor, de saludarme con un abrazo ligera –muy ligera- mente más efusivo de lo esperable.
Era casi tan alta como yo, al menos eso parecía con las botas negras. Le creía. Cuando me hablaba de cualquier cosa con cualquier excusa, le creía. Era linda la guacha. Y a mí ya me había llegado a obligar a pensar en ella. Haciéndose la amiga me empezó a invadir los tiempos y después la mente. Me usaba las biromes y yo no decía nada. Me usaba.
Y yo no decía nada, y por eso a veces me miraba esperando una respuesta, una insinuación, lo que sea, pero yo no decía nada. Sus mensajes de texto impertinentes lejos de molestarme me envolvían más en esa nube del humo de su cigarrillo, del brillo artificial de su pelo artificialmente lacio.
¿Cuántos meses podía llegar a aguantar? Ya iban tres. Y cada vez haciendo más contraste con el frío de afuera. Y sin embargo, yo seguía pensando que ella… que ella nada. Un día llegó a darme un beso tan cerca de la boca, que pude sentir el sabor de sus tic tac durante el resto del día. ¿Quién hubiera dicho que yo era inocente y ella indecente?
Ahora haciendo memoria me parece recordar haberla visto de espaldas unas doscientas veces en mi barrio. De la mano de extraños, zigzagueando en la vereda de enfrente de mi casa. Y yo que creía que estaba enloqueciendo; mientras ella se reía, se burlaba, ella sabía, entendía todo. ¿Cómo podría haber adivinado? ¿Cómo pude no adivinar?
¿Que me estaba enamorando? De ella. Ya el intensamente reprimido deseo sexual había pasado a segundo plano. Ya la obsesión se iba convirtiendo en un mal recuerdo. Ya los recuerdos se me iban borrando y sólo me quedaba este amor mudo, este amor de pura piel, sin huesos ni carne, este amor de palabras que jamás se iban a pronunciar, porque ella iba a seguir con sus excusas y pronto llegaríamos a hacer el amor, así como sin querer. Aceptar que era casualidad era la única forma de tenerla cerca, de tenerla encima, de tenerla pegada a mi cuerpo.
Pero cuando quise más y hasta pensé en hablarle, cuando empecé el discurso “quisiera decirte”, ella desvió la mirada y se acabó. Por más que hablé y hablé, y por más cierto que haya sido todo lo que dije. Se despejó el humo, quedó sólo la mierda.
Pero de verdad que no sabía. La creía totalmente inocente, distraída vaya a saber en qué. Se reía con esa carita de yo no fui y a veces, cuando yo creía que ella creía que no la veía, se acomodaba las medias dejando entrever más arriba de sus inexplicables polleras de invierno. Y no me daba cuenta de lo que ella hacía. Esa manía de tocarme injustificada si nos cruzábamos por azar, de empujarme sin querer en el ascensor, de saludarme con un abrazo ligera –muy ligera- mente más efusivo de lo esperable.
Era casi tan alta como yo, al menos eso parecía con las botas negras. Le creía. Cuando me hablaba de cualquier cosa con cualquier excusa, le creía. Era linda la guacha. Y a mí ya me había llegado a obligar a pensar en ella. Haciéndose la amiga me empezó a invadir los tiempos y después la mente. Me usaba las biromes y yo no decía nada. Me usaba.
Y yo no decía nada, y por eso a veces me miraba esperando una respuesta, una insinuación, lo que sea, pero yo no decía nada. Sus mensajes de texto impertinentes lejos de molestarme me envolvían más en esa nube del humo de su cigarrillo, del brillo artificial de su pelo artificialmente lacio.
¿Cuántos meses podía llegar a aguantar? Ya iban tres. Y cada vez haciendo más contraste con el frío de afuera. Y sin embargo, yo seguía pensando que ella… que ella nada. Un día llegó a darme un beso tan cerca de la boca, que pude sentir el sabor de sus tic tac durante el resto del día. ¿Quién hubiera dicho que yo era inocente y ella indecente?
Ahora haciendo memoria me parece recordar haberla visto de espaldas unas doscientas veces en mi barrio. De la mano de extraños, zigzagueando en la vereda de enfrente de mi casa. Y yo que creía que estaba enloqueciendo; mientras ella se reía, se burlaba, ella sabía, entendía todo. ¿Cómo podría haber adivinado? ¿Cómo pude no adivinar?
¿Que me estaba enamorando? De ella. Ya el intensamente reprimido deseo sexual había pasado a segundo plano. Ya la obsesión se iba convirtiendo en un mal recuerdo. Ya los recuerdos se me iban borrando y sólo me quedaba este amor mudo, este amor de pura piel, sin huesos ni carne, este amor de palabras que jamás se iban a pronunciar, porque ella iba a seguir con sus excusas y pronto llegaríamos a hacer el amor, así como sin querer. Aceptar que era casualidad era la única forma de tenerla cerca, de tenerla encima, de tenerla pegada a mi cuerpo.
Pero cuando quise más y hasta pensé en hablarle, cuando empecé el discurso “quisiera decirte”, ella desvió la mirada y se acabó. Por más que hablé y hablé, y por más cierto que haya sido todo lo que dije. Se despejó el humo, quedó sólo la mierda.
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El cuco
“La gravedad de la contusión se debe a que el golpe fue ocasionado por una caída”, leyó Carolina en el diario.
-Mamá, ¿la gravedad causa las caídas?
-Más o menos, Caro, la gravedad es una fuerza que mantiene todas las cosas en el suelo. Hace que nos caigamos para abajo en vez de para arriba y es una de las causas que nos impide volar. Pero eso es del lado de afuera del mundo. Del lado de adentro, donde viven los cucos, pasa exactamente lo contrario. La gravedad es la fuerza que los mantiene pegados al suelo… pero el suelo para ellos está arriba. Caminan como colgados del techo y todas sus cosas están suspendidas.
Esta diferencia hace que los humanos y los cucos no nos llevemos demasiado bien. De hecho la mayoría de los humanos les tienen miedo a los cucos. Y la mayoría de los cucos les tienen miedo a los humanos. Por eso hace muchos años que decidieron no cruzarse nunca más. Los cucos no salen al lado de afuera del mundo, y los humanos no se meten en la parte de adentro. No fue fácil lograr esto, porque antes el suelo no era tan profundo y era muy frecuente que cada vez que un cuco o un humano hiciera un agujero en la tierra, se encontraran y discutieran sobre las cosas que están arriba y las que están abajo.
Esto fue hace tanto que casi nadie se acuerda, y hasta es común que la gente piense que los cucos no existen. Que son un invento como los pitufos y los pelirrojos sin pecas.
Hubo que llenar de tierra toda la superficie del mundo (excepto los océanos) para que los cucos no pudieran salir, porque no se ponían de acuerdo con las personas. Pero hay algunas partes que no se rellenaron demasiado bien. Por lo general, esto no trae problemas. Tiene que ser mucha coincidencia que en una parte no rellenada haya un humano y un cuco de cada lado haciendo un agujero.
Pero de vez en cuando pasa, ¿viste?
Cuando una persona ve un cuco salir de un agujero, no se lo dice a nadie, y hasta trata de no verlo, porque sabe que los cucos no existen. Si se lo dice a alguien lo tomarían por loco.
Conocí un hombre que era minero y estando bajo tierra se encontró con dos cucos que también eran mineros. Fue casualidad que los dos túneles estuvieran en la misma zona. Si el minero les cuenta a otros lo que vio, es probable que digan que le afectó estar tanto tiempo en la mina. Yo supongo que le habrá afectado los pulmones, pero le creo lo de los cucos.
Gabi también le creería, porque él también vio un cuco. Y bajó al mundo de los cucos. O subió al mundo de los cucos. Al principio le costaba caminar al revés, se mareaba y así entendió por qué ellos andan todos encorvados, ya que les resulta más práctico tener la cabeza bien alta, y esto significa bien cerquita de los pies. Cuando se acostumbró a esto, descubrió que iba a tener más problemas todavía con los habitantes de ese mundo.
Gabriel tenía un amigo ahí. Se llamaba Libreo y tenía seis años. Iba a la escuela para cucos. Pero los cucos le dicen simplemente “escuela”. No tenían problemas para entenderse ellos dos. Simplemente hablaban despacio y se cuidaban de explicar cuál es arriba y cuál es abajo señalando con el dedo. El problema lo tubo Libreo cuando comentó que debajo de su cama a veces aparecía un chico. Sus padres simplemente se rieron y le dijeron “los chicos no existen, es tu imaginación”. Sus compañeros le creyeron, pero se asustaron mucho, a pesar de que les dijo que Gabi era bueno. Uno de ellos le contó a su mamá que Libreo conocía a un chico. La madre se alarmó muchísimo y fue directamente a hablar con la maestra, que en seguida llamó a los padres de Libreo, quienes acudieron sin perder tiempo y corrieron a buscar al pobre cuco que ya no sabía cómo explicar que Gabi estuviera a veces bajo su cama.
-Esto ya dejó de ser un juego, Libreo –lo retaban-, no podés andar por ahí asustando a los otros cucos. Tenés que decir la verdad. Los chicos no existen.
-Pero sí existen. ¡Yo lo vi! Y hablé con él. Se llama Gabi.
Los cucos adultos se enojaron mucho, y después se preocuparon y lo mandaron al psicólogo. El psicólogo escuchó atentamente a Libreo y luego le dijo que dejara de decir mentiras si no quería que sus padres lo internaran en un manicomio para cucos. Pero ellos lo llaman simplemente
-Mamá, ¿la gravedad causa las caídas?
-Más o menos, Caro, la gravedad es una fuerza que mantiene todas las cosas en el suelo. Hace que nos caigamos para abajo en vez de para arriba y es una de las causas que nos impide volar. Pero eso es del lado de afuera del mundo. Del lado de adentro, donde viven los cucos, pasa exactamente lo contrario. La gravedad es la fuerza que los mantiene pegados al suelo… pero el suelo para ellos está arriba. Caminan como colgados del techo y todas sus cosas están suspendidas.
Esta diferencia hace que los humanos y los cucos no nos llevemos demasiado bien. De hecho la mayoría de los humanos les tienen miedo a los cucos. Y la mayoría de los cucos les tienen miedo a los humanos. Por eso hace muchos años que decidieron no cruzarse nunca más. Los cucos no salen al lado de afuera del mundo, y los humanos no se meten en la parte de adentro. No fue fácil lograr esto, porque antes el suelo no era tan profundo y era muy frecuente que cada vez que un cuco o un humano hiciera un agujero en la tierra, se encontraran y discutieran sobre las cosas que están arriba y las que están abajo.
Esto fue hace tanto que casi nadie se acuerda, y hasta es común que la gente piense que los cucos no existen. Que son un invento como los pitufos y los pelirrojos sin pecas.
Hubo que llenar de tierra toda la superficie del mundo (excepto los océanos) para que los cucos no pudieran salir, porque no se ponían de acuerdo con las personas. Pero hay algunas partes que no se rellenaron demasiado bien. Por lo general, esto no trae problemas. Tiene que ser mucha coincidencia que en una parte no rellenada haya un humano y un cuco de cada lado haciendo un agujero.
Pero de vez en cuando pasa, ¿viste?
Cuando una persona ve un cuco salir de un agujero, no se lo dice a nadie, y hasta trata de no verlo, porque sabe que los cucos no existen. Si se lo dice a alguien lo tomarían por loco.
Conocí un hombre que era minero y estando bajo tierra se encontró con dos cucos que también eran mineros. Fue casualidad que los dos túneles estuvieran en la misma zona. Si el minero les cuenta a otros lo que vio, es probable que digan que le afectó estar tanto tiempo en la mina. Yo supongo que le habrá afectado los pulmones, pero le creo lo de los cucos.
Gabi también le creería, porque él también vio un cuco. Y bajó al mundo de los cucos. O subió al mundo de los cucos. Al principio le costaba caminar al revés, se mareaba y así entendió por qué ellos andan todos encorvados, ya que les resulta más práctico tener la cabeza bien alta, y esto significa bien cerquita de los pies. Cuando se acostumbró a esto, descubrió que iba a tener más problemas todavía con los habitantes de ese mundo.
Gabriel tenía un amigo ahí. Se llamaba Libreo y tenía seis años. Iba a la escuela para cucos. Pero los cucos le dicen simplemente “escuela”. No tenían problemas para entenderse ellos dos. Simplemente hablaban despacio y se cuidaban de explicar cuál es arriba y cuál es abajo señalando con el dedo. El problema lo tubo Libreo cuando comentó que debajo de su cama a veces aparecía un chico. Sus padres simplemente se rieron y le dijeron “los chicos no existen, es tu imaginación”. Sus compañeros le creyeron, pero se asustaron mucho, a pesar de que les dijo que Gabi era bueno. Uno de ellos le contó a su mamá que Libreo conocía a un chico. La madre se alarmó muchísimo y fue directamente a hablar con la maestra, que en seguida llamó a los padres de Libreo, quienes acudieron sin perder tiempo y corrieron a buscar al pobre cuco que ya no sabía cómo explicar que Gabi estuviera a veces bajo su cama.
-Esto ya dejó de ser un juego, Libreo –lo retaban-, no podés andar por ahí asustando a los otros cucos. Tenés que decir la verdad. Los chicos no existen.
-Pero sí existen. ¡Yo lo vi! Y hablé con él. Se llama Gabi.
Los cucos adultos se enojaron mucho, y después se preocuparon y lo mandaron al psicólogo. El psicólogo escuchó atentamente a Libreo y luego le dijo que dejara de decir mentiras si no quería que sus padres lo internaran en un manicomio para cucos. Pero ellos lo llaman simplemente
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El cartonerito
Entre varios chicos más grandes lo estaban empujando. Era un cartonerito, no pasaba de los siete. Cuando lo miré me miró, y parecía que los ojitos se le iban a salir. Amagué a acercarme, los otros cuatro me miraron. El mayor lo soltó, los demás también. Tenían a lo sumo once años. Sonrieron, el nene se quedó quietito y miró para abajo. El mayor dio dos pasos en dirección a donde yo estaba. Di vuelta la mochila y caminé sin mirar atrás hasta llegar a casa. Me sentía atontada, y tomé dos tazas grandes de café. Tal vez por eso a las once, con los ojos abiertos de par en par, y siguiendo consejos insistentes, tuve que salir a la farmacia a comprar algo que me ayudase a dormir. Estaba oscuro y me pareció más seguro ir derecho por la calle donde vivo hasta la avenida. Pasaban muchos autos, para la hora que era, pero caminando no había nadie. En la esquina de la panchería me llamó la atención que los conductores esquivaban algo. Con horror descubrí que era el cuerpito del nene. Reconocí la remerita rayada, aunque la carita estaba llena de moretones, y brillaba algo que podía ser sangre en su hombro izquierdo. Al pararme más cerca, vi que respiraba con dificultad. Inmediatamente dos hombres me detuvieron. Uno era alto, gordo y no lo escuché hablar. El otro era flaco, feo y de voz chillona.
-No lo toqués, nena, ya llamamos a la mamá.
-Pero…- empecé a decir cuando me di cuenta de que el gordo me había agarrado del brazo y me arrastraba en dirección contraria al nene.
-Seguí con lo tuyo, nena –dijo de nuevo el flaco-. No te metas con esta gente.
-Hay que llamar a una ambulancia, a la policía, hay que… -habría dicho algo de eso si no me hubiese empujado contra la reja de una casa. En mal momento se me ocurrió no llevar celular, porque así era más seguro.
No me quedaba otra que buscar un teléfono público en la avenida. El único que había lo estaba usando una chica que hablaba boludeces con un tal “Bichi” y que se parecía bastante a la de la tele, la de Floricienta. Ni caso que me hizo cuando le dije que era urgente. No me importó nada, volví a la panchería, el nene no estaba más.
-Se lo llevó la mamá. Te conviene rajar.
-Pero… -empecé a decir cuando la vi. Era más chica que yo y estaba embarazada, se llevaba al cartonerito arrastrando por la avenida.
Sin pensar le grité algo. “Ya está muerto”, me dijo, y esa respuesta me dejó tan paralizada que no pude reaccionar cuando ella salió corriendo con esa panza enorme y ese cuerpo escuálido dejando a su hijito en medio de la calle. Me despabiló un 110 que venía ya a media cuadra sin señales de haber visto nada, y corrí, lo más fuerte que pude, corrí.
El golpe con el colectivo me dejó inconciente y tal vez por eso, no me acuerdo del accidente tal como lo publicaron los diarios:
Que dos pasajeros resultaron heridos por la frenada, y la víctima fatal fue el menor Alejandro Bravo, de siete años. Que el chiquito se soltó de la mano de su mamá, embarazada de ocho meses, que no pudo alcanzarlo. Que una joven que se cruzó frente al colectivo al ver al nene sufrió contusiones leves, está en observación en el hospital Álvarez. Que el chofer de la línea 110 declaró que está seguro de no haber visto al nene parado en la calle, y que sólo frenó porque vio a la chica.
-No lo toqués, nena, ya llamamos a la mamá.
-Pero…- empecé a decir cuando me di cuenta de que el gordo me había agarrado del brazo y me arrastraba en dirección contraria al nene.
-Seguí con lo tuyo, nena –dijo de nuevo el flaco-. No te metas con esta gente.
-Hay que llamar a una ambulancia, a la policía, hay que… -habría dicho algo de eso si no me hubiese empujado contra la reja de una casa. En mal momento se me ocurrió no llevar celular, porque así era más seguro.
No me quedaba otra que buscar un teléfono público en la avenida. El único que había lo estaba usando una chica que hablaba boludeces con un tal “Bichi” y que se parecía bastante a la de la tele, la de Floricienta. Ni caso que me hizo cuando le dije que era urgente. No me importó nada, volví a la panchería, el nene no estaba más.
-Se lo llevó la mamá. Te conviene rajar.
-Pero… -empecé a decir cuando la vi. Era más chica que yo y estaba embarazada, se llevaba al cartonerito arrastrando por la avenida.
Sin pensar le grité algo. “Ya está muerto”, me dijo, y esa respuesta me dejó tan paralizada que no pude reaccionar cuando ella salió corriendo con esa panza enorme y ese cuerpo escuálido dejando a su hijito en medio de la calle. Me despabiló un 110 que venía ya a media cuadra sin señales de haber visto nada, y corrí, lo más fuerte que pude, corrí.
El golpe con el colectivo me dejó inconciente y tal vez por eso, no me acuerdo del accidente tal como lo publicaron los diarios:
Que dos pasajeros resultaron heridos por la frenada, y la víctima fatal fue el menor Alejandro Bravo, de siete años. Que el chiquito se soltó de la mano de su mamá, embarazada de ocho meses, que no pudo alcanzarlo. Que una joven que se cruzó frente al colectivo al ver al nene sufrió contusiones leves, está en observación en el hospital Álvarez. Que el chofer de la línea 110 declaró que está seguro de no haber visto al nene parado en la calle, y que sólo frenó porque vio a la chica.
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Cocó Yanel
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TU ME QUIERES BLANCA

Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada
Ni un rayo de luna
Filtrado me haya.
Ni una margarita
Se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca,
Tú me quieres alba.
Tú que hubiste todas
Las copas a mano,
De frutos y mieles
Los labios morados.
Tú que en el banquete
Cubierto de pámpanos
Dejaste las carnes
Festejando a Baco.
Tú que en los jardines
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago.
Tú que el esqueleto
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Huye hacia los bosques,
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.
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Cocó Yanel
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